Que te deje tu novia por un anillo de oro

Mi novia me ha dejado. Y no me refiero a que me haya dicho que se ha terminado o que haya cortado conmigo.

¡Es que me ha dejado tirado en el altar!

Sólo hace seis horas que estábamos en la iglesia, a punto de contraer matrimonio. Ella guapísima, vestida de blanco. Yo con mi mejor traje.

El cura, la familia, el banquete, los invitados, el coro que iba a cantar durante la misa… Todo perfectamente organizado y dispuesto para la ceremonia.

¡Y nada, que al final no ha habido boda!

Pensaréis que no me lo estoy tomando demasiado mal y que tengo mucha sangre fría para estar aquí contándolo todo tan tranquilo.

Ya, veréis: pero es que yo soy así. Creo que ha sido cosa el destino. Y si el destino, que es sabio, no ha querido que me casara, seguro que es porque me tiene previsto algo mejor.

Luisa y yo éramos novios desde los trece años. Los típicos novios de toda la vida. Llevábamos 14 años saliendo juntos.

¿Se cansa uno de su pareja catorce años después?

Os diré la verdad: SÍ.

¿Por qué la gente no quiere reconocerlo? No hay ser humano en este mundo que no acabe agotado de convivir un día y otro con la misma persona. Y además, la convivencia entre personas de distinto sexo, ya se sabe que es aún más complicada.

¿Quiero con esto decir que me alegro de que Luisa me haya dejado en el altar? Hombre, a ver, la verdad es que he pasado un poco de vergüenza, porque todo el mundo me miraba como a un perro moribundo y yo no sabía qué decir.

Pero por otro lado, siento como si me hubieran quitado un peso de encima. Sí, sí, ya sé que Luisa es una chica bastante gordita, aunque de verdad que no lo digo por eso…

Es que ahora me siento más libre, que ante mí se abre todo un abanica de posibilidades.

Y a todo esto, yo me enrollo y me enrollo, y aún no os he contado porque me ha dejado Luisa.

Pues veréis, resulta que tuve un problema de última hora con el anillo de bodas de ella: que se me cayó en una alcantarilla esta mañana, vamos. Era un anillo con un enorme diamante de pureza VS2, que me había costado carísimo. Esa joya era el sueño de Luísa desde que era una cría y yo quería sorprenderla en ese día tan especial. No obstante, ella ya sospechaba que se lo iba a dar.

Estaba yo al lado de la Iglesia cuando me ocurrió y sólo faltaban cinco minutos para la boda, así que en lugar de armar un drama, corrí al chino de la esquina y le compré a Luisa un anillo parecido que me costó tres euros.

Ya en el altar, cuando llegó el momento de los anillos y Luisa vió aquello en su dedo, palideció y me dijo que la había engañado, que aquel diamante no era bueno… Le aseguré que lo era, pero entonces me cogió del brazo echa una furia, me arrastró fuera de la Iglesia y me hizo cruzar la calle para entrar al compro oro de la esquina. Allí le preguntó al dependiente si ese anillo tenía un diamante de verdad.

El del COMPRO ORO no pudo contener la risa y estalló en una carcajada que dejó bien clara cuál era su respuesta.

Entonces Luisa se fue y yo me quedé sin esposa.

Cosas de mujeres, ya sabéis.